ARTÍCULO 39 · PROPÓSITO, MADUREZ Y SENTIDO

Cuando vivir para uno mismo empieza a quedarse pequeño: cómo construir un propósito que incluya a los demás

Conseguir objetivos puede ocupar una vida entera y, aun así, dejar abierta una pregunta: ¿para qué merece realmente la pena utilizar el tiempo, el talento y la energía que todavía tenemos?

La pregunta no es solo si somos felices

Durante años un hombre puede organizar su vida alrededor de objetivos perfectamente razonables: estudiar, trabajar, ganar seguridad económica, formar una familia, comprar una vivienda o alcanzar una determinada posición profesional.

Pero llega un momento en el que conseguir más no responde necesariamente a una pregunta más profunda: si merece la pena aquello a lo que estamos dedicando nuestra vida.

El tiempo es el verdadero patrimonio que gastamos

Dinero, propiedades y reconocimiento pueden recuperarse o aumentar. El tiempo no. Cada proyecto, cada obligación y cada sí ocupa una parte irreversible de nuestra vida.

Pensar en propósito obliga a mirar el calendario de otra manera. No solo preguntamos cuánto produce una actividad, sino cuántos años estamos dispuestos a entregarle y qué otras posibilidades quedan fuera.

Una vida agradable y una vida significativa no siempre coinciden

Comodidad y bienestar importan. No hay virtud especial en buscar sufrimiento. Sin embargo, algunas de las experiencias que más sentido aportan —cuidar, criar hijos, construir algo difícil, servir a otros— incluyen esfuerzo y renuncias.

Por eso una vida buena no puede medirse únicamente por cuántos momentos agradables contiene. También importa aquello que consideramos suficientemente valioso como para aceptar un coste.

El problema de convertir el yo en destino

Cuidarse, tener autoestima y desarrollar una identidad propia son necesidades legítimas. El problema aparece cuando toda la vida queda encerrada en las mismas preguntas: qué quiero, qué siento, qué consigo, qué reconocimiento recibo.

Una existencia exclusivamente autorreferencial puede terminar siendo demasiado pequeña incluso cuando funciona bien. El propósito suele ampliarse cuando algo que no somos nosotros mismos empieza a importarnos de verdad.

Del «qué quiero» al «para qué puedo servir»

La palabra servicio puede sonar grandilocuente si se interpreta como sacrificio heroico. En realidad puede significar algo mucho más concreto: utilizar una capacidad para mejorar la vida de otra persona, hacer bien un trabajo útil, cuidar a alguien o asumir una responsabilidad.

La pregunta cambia porque ya no parte únicamente del deseo. También incorpora capacidad y contribución: qué sé hacer, quién puede beneficiarse y qué merece una parte de mi tiempo.

El propósito no es una revelación que hay que esperar

Muchas personas creen que deben descubrir una vocación única y definitiva. Mientras no aparece esa certeza, sienten que carecen de propósito.

En la práctica, el propósito puede construirse poco a poco. Surge al comprometerse con personas, tareas y valores que demuestran con el tiempo que siguen mereciendo esfuerzo.

Una vida puede tener varios propósitos

Trabajo, pareja, hijos, creación, amistad, servicio y aprendizaje pueden convivir. No siempre existe una sola misión capaz de resumir toda una biografía.

Además, el propósito cambia con la edad. Lo que organiza la vida a los treinta puede no bastar a los sesenta. La madurez permite revisar prioridades sin considerar que todo cambio invalida el pasado.

Nuestros valores se ven mejor en la agenda que en los discursos

Todos podemos afirmar que la familia, la salud, la amistad o el servicio son importantes. Pero las decisiones diarias muestran la jerarquía real.

Si algo ocupa sistemáticamente nuestras mejores horas y desplaza durante años aquello que decimos valorar, quizá convenga reconocer que nuestras prioridades efectivas son otras.

El trabajo puede ser más que un intercambio de tiempo por dinero

Trabajar para obtener recursos es una necesidad legítima. También puede proporcionar identidad, disciplina y orgullo. Pero una carrera ocupa decenas de miles de horas y merece una pregunta adicional: qué estamos produciendo con ellas.

Crear, resolver problemas, formar a otros, generar empleo o prestar un servicio útil pueden convertir la competencia profesional en una forma concreta de contribución.

Tener ambición no está reñido con mirar más allá de uno mismo

La ambición suele asociarse a dinero, poder o prestigio. Pero también puede existir una ambición moral: querer hacer algo bien porque su resultado importa a otras personas.

Buenas intenciones sin competencia pueden servir de poco. Utilizar bien aquello que sabemos hacer puede ser una forma exigente de responsabilidad.

No todos tenemos que salvar el mundo

Buscar propósito puede convertirse en otra fuente de ansiedad si pensamos que nuestra vida solo tendrá valor mediante una causa extraordinaria.

Las responsabilidades pequeñas también cuentan. Cuidar bien a una persona, educar a un hijo, hacer un trabajo con integridad o estar disponible para alguien puede tener un alcance limitado y una profundidad enorme.

Amar es una de las formas más radicales de salir del yo

Cuando otra persona deja de ser secundaria, nuestras decisiones cambian. La pareja, los hijos y quienes dependen de nosotros introducen preguntas que no existían cuando únicamente valorábamos nuestras preferencias.

El nacimiento del «nosotros» no exige desaparecer. Una relación sana combina proyecto común, identidad individual y la capacidad de ceder sin dejar de existir.

Cuidarse también puede formar parte de servir

Salir de uno mismo no significa abandonarse. Si una persona destruye su salud, su autonomía o su estabilidad intentando atender a todos, terminará teniendo menos capacidad para contribuir.

El equilibrio consiste en cuidarse suficientemente para poder estar disponible, no convertir el autocuidado en una nueva obsesión que nos devuelva permanentemente al centro.

Pensar desde el final cambia algunas decisiones del presente

Imaginar qué querríamos poder decir al mirar nuestra vida desde el final obliga a distinguir logros de significado. Algunos éxitos que hoy ocupan enorme espacio quizá parezcan secundarios; algunas relaciones y responsabilidades que damos por supuestas pueden adquirir otro peso.

No se trata de vivir pensando continuamente en la muerte, sino de utilizar la limitación del tiempo para ordenar mejor aquello que todavía podemos elegir.

Del yo a los otros como proceso de madurez

La madurez no consiste en dejar de tener deseos propios. Consiste en ampliar el círculo de aquello que consideramos importante: nosotros mismos, las personas concretas a las que estamos unidos y, quizá, obras o causas que seguirán teniendo valor aunque no recibamos reconocimiento.

Una vida con propósito no necesita una respuesta definitiva a todas las preguntas. Necesita dirección: saber qué merece nuestro tiempo, qué precio estamos dispuestos a pagar y quién, además de nosotros, estará mejor porque hemos vivido.

PARA PROFUNDIZAR EN ESTE TEMA

DEL YO A LOS OTROS. Hombres con propósito vital

Esta obra de 504 páginas plantea el paso de una vida centrada exclusivamente en el propio yo hacia una existencia con sentido, propósito, responsabilidad, servicio, relaciones y contribución. Aborda felicidad y significado, tiempo, valores, trabajo, ambición moral, amor, paternidad y la posibilidad de construir varios propósitos a lo largo de la vida.

VER ÍNDICE GRATUITOCOMPRAR PDF

VOLVER A TODOS LOS ARTÍCULOS  |  ARTÍCULO ANTERIOR