ARTÍCULO 18 · PSICOLOGÍA Y DESARROLLO PERSONAL

Cuando un hombre necesita tenerlo todo bajo control: cómo convivir con la incertidumbre sin perder el rumbo

Buscar certezas puede parecer prudente, pero cuando cada decisión exige garantías, el control deja de proteger y empieza a paralizar.

El miedo no es el enemigo

Sentir miedo ante un futuro incierto es una respuesta humana normal. Un cambio de empleo, una decisión económica, una enfermedad, una ruptura o una preocupación por los hijos pueden activar preguntas para las que todavía no existe una respuesta. El problema no es que aparezca esa inquietud.

La dificultad empieza cuando interpretamos que no deberíamos sentirla y organizamos la vida alrededor de eliminarla. Entonces ya no buscamos información para decidir mejor, sino para conseguir una garantía imposible. Queremos saber hoy que mañana todo saldrá bien.

La trampa de intentar eliminar toda incertidumbre

La búsqueda de certeza puede adoptar formas aparentemente razonables: revisar una cuenta una vez más, consultar otra opinión, volver a leer un mensaje, comprobar síntomas, retrasar una decisión hasta tener más datos o pedir repetidamente a alguien que confirme que no ocurrirá nada malo.

Cada comprobación puede aliviar durante unos minutos. Ese alivio enseña al cerebro que comprobar era necesario y la siguiente duda vuelve a exigir otra comprobación. Lo que parecía una forma de control termina aumentando la dependencia de la certeza.

Cómo se disfraza el miedo en muchos hombres

No todos los hombres expresan la incertidumbre diciendo «tengo miedo». Puede aparecer como irritabilidad, sarcasmo, hiperactividad, trabajo excesivo, necesidad de decidir por todos o dificultad para desconectar. A veces se evita una conversación no por indiferencia, sino porque no se sabe qué respuesta dar.

También puede aparecer una dureza interna constante: «deberías saber qué hacer», «no puedes equivocarte», «tienes que resolverlo». Cuando la identidad masculina se ha construido alrededor de ser competente y autosuficiente, admitir que todavía no existe una solución puede sentirse como un fracaso.

Control útil y control imposible

No se trata de renunciar a controlar lo controlable. Si existe un problema económico, revisar gastos y preparar escenarios es útil. Si hay una decisión profesional, reunir información relevante y comparar alternativas también lo es. La diferencia está en reconocer el punto en el que seguir buscando ya no cambia sustancialmente la decisión.

Hay factores que podemos gestionar y otros que solo podemos tolerar. Podemos ahorrar, pero no garantizar el futuro de la economía. Podemos cuidar una relación, pero no asegurar que nunca cambie. Podemos proteger a nuestros hijos, pero no eliminar todos los riesgos de su vida. Confundir gestión con garantía genera agotamiento.

La parálisis por análisis

Cuanto más importante es una decisión, mayor puede ser la tentación de esperar a que desaparezca toda duda. El problema es que muchas decisiones reales nunca ofrecen esa comodidad. Elegir un trabajo, mudarse, iniciar una relación, invertir tiempo en un proyecto o cambiar de rumbo implica actuar con información incompleta.

La perfección informativa no llega y la persona queda detenida. Mientras espera, sigue pensando. Construye escenarios, anticipa pérdidas y revisa alternativas. La actividad mental es intensa, pero la vida práctica apenas avanza.

Decidir con información suficiente, no perfecta

Una herramienta sencilla consiste en definir antes qué información es necesaria para decidir y cuánto tiempo vamos a dedicar a obtenerla. Cuando se alcanza ese umbral, toca elegir. Esto evita que la ansiedad vaya ampliando indefinidamente los requisitos.

También ayuda distinguir entre una decisión reversible y una difícilmente reversible. Muchas decisiones pueden corregirse. Tratarlas como si fueran definitivas eleva artificialmente su importancia y alimenta el miedo a equivocarse.

Actuar según valores aunque siga habiendo miedo

Esperar a sentirse completamente seguro puede convertirse en una forma de aplazamiento. Otra posibilidad es preguntar qué decisión encaja mejor con nuestros valores, aun aceptando que el miedo seguirá presente durante un tiempo.

Un hombre puede sentir incertidumbre y, al mismo tiempo, hablar con su pareja, pedir asesoramiento, presentar una candidatura, iniciar un tratamiento o poner un límite. La valentía no exige ausencia de activación. Exige que el miedo no tenga derecho exclusivo a decidir la conducta.

Reducir comprobaciones y ampliar tolerancia

Cuando comprobamos de forma repetitiva, puede ser útil introducir límites graduales: consultar una información una vez, retrasar una comprobación innecesaria, dejar una pregunta sin respuesta durante un tiempo o evitar pedir tranquilidad repetidamente a otras personas.

No se trata de exponerse de golpe a situaciones peligrosas ni de abandonar la prudencia. Se trata de aprender, poco a poco, que podemos funcionar aunque exista una parte de incertidumbre. Esa experiencia práctica vale más que intentar convencernos mentalmente de que nada malo ocurrirá.

Cuándo pedir ayuda profesional

Si la preocupación ocupa gran parte del día, deteriora el sueño, dificulta el trabajo o las relaciones, provoca ataques de pánico, favorece el aislamiento o se acompaña de consumo problemático de sustancias, puede ser conveniente solicitar ayuda profesional. Lo mismo ocurre ante desesperanza intensa, ideas de no querer continuar, violencia o cualquier situación de riesgo.

Pedir ayuda no significa convertir cualquier miedo en una enfermedad. Significa reconocer cuándo una respuesta normal se ha vuelto tan intensa o persistente que necesita una evaluación más cuidadosa.

Mantener el rumbo no es adivinar el futuro

Vivir con incertidumbre no consiste en resignarse. Consiste en actuar con criterio dentro de los límites reales de nuestro control. Podemos informarnos, prepararnos, elegir y corregir. Lo que no podemos hacer es obtener una garantía previa de que ninguna decisión traerá dolor, pérdida o error.

Mantener el rumbo significa conservar dirección cuando todavía no sabemos cómo terminará el camino. El miedo puede viajar con nosotros, pero no necesita conducir.

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