VIAJE A UN VERMUT PLAYERO con todo un tesoro playero. El viajero siempre anda olvidándolo todo, así que tiene que tiene rebuscar entre los bolsillos para arañar alguna moneda perdida y acabar negociando con los camareros por un cafetillo o un vermut de urgencia, un marianito con el que protegerse de la lluvia. La noche anterior se salvó a la vuelta de un cóctel de compromiso, de esos que hace a los poetas cuando no hacen poesía, un sinsentido. Fue cuando se sentaron a descansar mirando al último lugar. Era un vermut playero a la caída de la tarde. Ella le llamó zampabollos y él se limitó a reconocer que estaba hambriento a la hora del cóctel. ¿Cómo te pudieron gustar aquellos aperitivos?. Pero el hambre no hace distingos y la mar abre los estómagos viajeros. Entre vermut y vermut, una noche de baile. Al mediodía llovía en la playa y una toalla sirvió de paraguas, hacía frio y el viento secaba las palabras. Llegaron a un chiringuito sin nada
en los bolsillos, rebuscaron entre los rincones y arañaron unas
monedas. Una camarera sin oficio regateó unos marianitos. Una televisión
de esas que sobran en los bares ponía un accidente de motos de carreras.
Es un vermut con todo un tesoro playero, dijo el viajero con los ojos cerrados
y viéndolo todo de color verde. Unas aceitunas, un marianito, la
lluvia, el color verde, la televisión, el color verde, el mar, el
color verde, el marianito, el color verde, la mitad de la última
aceituna que ella le regaló, el color verde, el color verde, el
color verde que el viajero quería atesorar.
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