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LA PATERNIDAD Y LA FALTA DE TIEMPO.
Los padres están tan ocupados
con su trabajo que no pueden atender como quisieran a sus hijos, lo que
tiene consecuencias afectivas.
Pertenezco a una asociación
de padres y en muchas ocasiones tratamos sobre el efecto que tendrá
en nuestros hijos el poco tiempo que podemos dedicar a nuestros hijos por
motivo del trabajo.
Uno de los padres organizó
recientemente un debate sobre este tema en base a un artículo de
Vicente Verdú en el País. Según cita literalmente
este autor, a los padres, siempre les requirió un notable
esfuerzo entender y atender a los hijos pero ambas tareas trataron de afrontarse
a la vez. No interpretarlos bien podía conducir a maleducarlos,
no escucharlos adecuadamente podía propiciar su distanciamiento
y, al cabo, su desdén. Con ello se desembocaba en un malestar doméstico
que provocaba tanto el sentimiento de culpa de los progenitores como el
desamparo de los chicos. Finalmente, el hogar, podía convertirse
en lugar de menudas torturas y, como resultado, aumentaba el deseo de recurrir
a la psicoterapia, el psicofármaco o la descomposición total.
El autor da unas cifras preocupantes:
los hijos no hablan con sus padres (una media de veinte minutos durante
la semana escolar en Estados Unidos; unos noventa minutos en España)
pero no pasa nada demasiado grave, ni tan relevante como para conducir
a la máxima depresión. Unos hacen su vida y los otros también.
Los dos grupos, e incluso individuo a individuo, buscan su confortabilidad,
se las apañan en las horas de cenar, se afanan en sus deberes escolares
o laborales y escogen separadamente, matrimonios incluidos, sus preferencias
de ocio particular. No salta la casa en pedazos, ni se escuchan gritos
en el vecindario. Tampoco se intercambian improperios difíciles
de soportar. Cada cual asume, tarde o temprano, que su vida es sólo
suya y ha de procurarse, sin las ayudas familiares cada vez más
débiles y efímeras, la manera de protegerse. Este modelo,
especialmente abundante en la clase media alta y alta, añade además
a su solipsismo interno, la residencia en zonas donde la comunicación
vecinal es exigua y en donde los niños disponen de escasas oportunidades
de relación con sus amigos, fuera del horario escolar.
A la reunión de padres acudió
un sicólogo y nos dio un consejo que nos dejó de piedra.
Nos
recomendó que cenásemos en familia y con la televisión
apagada. De los cien padres que asistimos a la reunión sólo
un diez por ciento lo hacía. El resto dábamos más
importancia al telediario que a nuestros hijos.
Un mes después volvimos a
reunirnos y un sesenta por ciento había apagado la televisión
para cenar en familia. El resultado fue espectacular. A mi no me salió
tan bien, me enteré de que mi hija ya tiene novio y es que ha llegado
a los quince años sin que me de cuenta. ¡Mi princesa con novio!.
Así
que he vuelto a poner el telediario ….

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