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DEMASIADOS REGALOS PARA NUESTROS
HIJOS.
Hace treinta años parecía
que los niños esperábamos siglos a los Reyes.
Los niños se levantan a las
ocho y se acuestan a las diez. En las 14 horas hay escuela, fútbol,
la tele, los deberes, la playstation, comida, la tele. Los muy trabajadores
todavía estudian una lengua o practican algún deporte. Tienen
mucho estrés, pero de aburrimiento, nada. Los fines de semana: cine,
parque de atracciones, amigos, la tele hasta muy tarde. Y los adultos igual.
Hace treinta años parecía
que los niños esperábamos siglos a los Reyes. El tiempo no
pasaba. Hace cincuenta años un tiovivo y un puesto de algodón
era la atracción del domingo. Y si tus padres te sacaban una vez
al mes al cine, ya eras muy afortunado. El resto del tiempo nos teníamos
que buscar la ocupación: pintábamos, jugábamos juegos
que los niños hoy en día ya no conocen. Si les das un par
de canicas, creen que te burlas de ellos.
Todo esto ciega nuestros sentidos
y produce sentimientos dentro de nosotros de los cuales, al parecer, uno
se acostumbra, y por eso cada vez tienen que ser más extremos.
Los padres y los maestros ya ven
la otra cara de la moneda: como no pueden competitir con la televisión
y los videojuegos (porque no saben saltar como los héroes, cantar
al mismo tiempo y así enseñar la gramática), tienen
que luchar contra la falta de atención, de paciencia, de concentración.
No les hacemos ningún favor
a los niños privándoles de unos momentos de aburrimiento
donde podrían encontrarse a sí mismos, desarrollar su creatividad
y sus preferencias.
Antes se decía “la ociosidad
es madre de todos los vicios”; ahora tenemos todos los vicios pero
ninguna ociosidad.

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