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PONER LÍMITES A LOS HIJOS. Del autoritarismo a la permisividad
absoluta, sin pasar por el término medio.
Parece ser que los sicólogos, a la vista de la situación actual de los adolescentes en las aulas, se arrepienten de aquellos consejos de dejar hacer, de no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas sicológicos, o no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros, porque eran muy autoritarios y pasados de moda. Durante años se nos olvidó el término medio y los resultados han sido nefastos. El porcentaje de profesores maltratados por sus propios alumnos nos debe llevar a pensar que en algo se ha fallado. Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar ("eres un tonto", "eres malo"...), sino marcar el problema ("eso que haces o eso que dices está mal"). El niño tiene que aprender que rebasar los límites puede traer consecuencias negativas para él. En cualquier caso, esas consecuencias deben ser proporcionadas y, a poder ser, inmediatas para que el niño lo entienda perfectamente. Es normal que los niños prueben tanteando a sus padres para comprobar hasta dónde pueden llegar. Es en ese momento cuando más firmes deben mostrarse los padres. Si ceden, luego será muy difícil dar marcha atrás. Todas las situaciones extremas perjudican el crecimiento y desarrollo del niño. Tanto el establecer unos límites o normas demasiado estrictas o excesivas en cuanto a cantidad, pues ello no dejaría crecer al niño, como el no poner ningún tipo de límites a su comportamiento. Para que el niño se muestre dispuesto a aceptar las normas o los límites marcados por los padres, es necesario que se cumplan otras condiciones: - que exista un buen clima familiar, de afecto y cariño. - los padres deben estar convencidos de aquello que exigen y, por tanto, han de luchar para su cumplimiento. - las normas marcadas por los padres han de ser claras y realmente necesarias, y, por tanto, no han de ser excesivas, pues ello acabaría por convertirlas a todas en ineficaces. - los padres deben comportarse de forma coherente a lo exigido, pues con el ejemplo también se enseña; por tanto, han de ser consecuentes con el modo habitual de hacer en casa. Y hasta aquí la teoría,
luego a todos se nos cae la baba con nuestros hijos, y les compensamos
con caprichos la falta de tiempo que podemos dedicarles. El secreto vuelve
a ser la familia. No hay nada nuevo bajo el sol.
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