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Muchas historias para decirte
que yo te quiero más.
> Un hombre sólo es realmente un hombre cuando lo da todo por una mujer.
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PARA BELEROFONTE. Carta de una lectora. Palabras que no se deben decir. Un día, un mal día, ante unas amigas y en una fiesta con muchas copas encima, se me ocurrió decir que los hombres eran como caballos y que yo tenía una cuadra. En ese mismo momento me di cuenta de que estaba presente un hombre que hubiese sido el más importante. Bajé los ojos. A la mañana siguiente recibí una caja inmensa sobre la que estaba escrito un nombre. PARA BELEROFONTE. Abrí la caja y me encontré un caballo de porcelana barata. De esos que se compran a miles en un mercadillo. Al lado otra caja. Abrí la segunda caja y dentro había otro caballo idéntico con otra caja al lado. Abrí la tercera caja y apareció otro caballo igual con otra caja. Así con varios caballos idénticos. Hasta que abrí la última caja. En ella había un precioso caballo alado, un pegaso. Sólo pude llorar. Belerofonte era yo. Pegaso, el caballo alado que nació de Poseidón y de Medusa, era un caballo divino que al poco tiempo de nacer dio una coz en el monte Helicón y empezó a fluir un manantial que parece ser la inspiración divina y que se consagró a las Musas. Siempre me decía que yo era su musa. Fueron muchos los que intentaron atraparlo, aunque sin mucho éxito. Pero Belerofonte se obsesionó con atraparlo hasta que lo consiguió. Entonces. Pegaso se convirtió en una gran ayuda para Belerofonte que lo empleó en muchas aventuras, como hice yo. Una vez, sin embargo, el henchido de orgullo Belerofonte intentó subir hasta el Olimpo, y allí, Pegaso lo dejó caer, o porque él no quería acercarse a los dioses o porque Zeus quería castigar a Belerofonte. Desde entonces, Pegaso se quedó en el Olimpo y se convirtió en el medio de transporte del trueno y el rayo de Zeus. Y Belerofonte, yo misma, me quedé
sin mi Pegaso, con un montón de caballos que no valen nada.
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