CÓMO NOS VEN ELLAS /opinión
femenina |
UNA NOCHE FLAMENCA.
Por fin me sacan a bailar.

Por fin, después de un tiempo
inmemorial encerrada, me sacan a cenar y a una noche flamenca.
Practico los cuatro pasos de sevillanas
que se me y me pongo unos pendientes largos para no desentonar.
Paso por alto la cena, en la que
recibo un sermón de esos insoportables. De esos que empiezan con
que las mujeres somos malísimas y acaban con que no podíamos
ser peores. Pero bueno, me lo trago porque no están los tiempos
como para elegir y como ya lo he escuchado mil veces hago que me entero,
pero ando cotilleando de reojo lo que pasa en las mesas de al lado.
Aprovechando que mi acompañante
para un momento para beber agua intento cambiar de tema y hablar de algo
más sofisticado, como el tamaño de las gafas de sol de esta
temporada, pero no hay forma, también las gafas son reconducidas
al mismo tema, las mujeres somos malísimas. Bueno somos malísimas
pero tenemos reservada mesa en el tablao flamenco y allí seguro
que está callado.
Llegamos al tablao y me percato
que en realidad se trata de un recital de un flamenco muy famoso y muy
profundo. Demasiado profundo para mi, pero todo sea por salir de casa.
Yo que pensaba bailar, me veo aparecer
a un individuo con barba y una cara tan triste que ya daban ganas de llorar
sin escucharle. Cuando el “maestro” empieza a cantar lo primero que dice
es: ¡qué alegría el que tiene ojos que le lloran!.
Me digo: ¡mi noche
de fiesta donde va a ir a parar!.
Dos horas después esto que
me parecía tan triste de los ojos que lloran es lo más alegre
que ha dicho. Acaba el recital con un ¡ay que pena tan grande!.
Le miro sonriente a mi acompañante
y le digo ¿y si vamos a bailar?. Y me contesta, no tienes corazón,
después de escuchar a este hombre … No le dejo acabar, mira hijo
después de escuchar a este hombre uno va al cementerio, pero después
de cenar contigo una se queda en él.
Se queda muy serio y me pide que
suba al coche para llevarme a casa. Horas después habíamos
ido de Madrid a Sevilla y estábamos viendo amanecer junto a la Giralda
y tomando unos calentitos. Y allí, entre turistas madrugadores,
bailamos una sevillana con la música de una radio del bar.
¡Vamos me voy a ir yo a
casa sin bailar!.

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