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Muchas historias para decirte
que yo te quiero más.
> Un hombre sólo es realmente un hombre cuando lo da todo por una mujer.
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CUANDO LA VIDA SOBRA. Una razón científica para la depresión producida por la pérdida de la pareja. Los factores que intervienen lo que se conoce como “mal de amores” son efectos depresivos, como dejar de comer, no dormir bien o sentirse fatigado. En términos técnicos más que decir que murió de amor habría que decir que fue a causa de una depresión sentimental. Hay personas que nunca se sobreponen a la muerte de su pareja y terminan enfermando o muriendo al poco tiempo; o parejas que se separan y sienten que la vida les sobra. El caso más usual es el de parejas que llevan años juntos. Cuando uno de ellos fallece, a los pocos días se muere el otro. Esto se debe también a que el que sobrevive en soledad entra en un estado de depresión total y esto hace que se fallezca muy rápido. En resultados publicados por el New England Journal of Medicine se informó que, cuando una pareja que ha convivido por muchos años (a veces más de 50), enfrenta la enfermedad o la muerte de su compañero, la relación casi simbiótica que desarrollaron se vuelve en su contra. Según el doctor Cecilio Barak, gerontólogo retirado de la Universidad de Hadasa en Tel Aviv, Israel, este tipo de parejas longevas se convierten en una especie de “unidad”. “El viejo dicho, ‘se murió de pena’, es más cierto de lo que imaginamos. La pena produce mayor secreción de cortisol, de adrenalina y otras sustancias que elevan la tensión arterial, dañan las arterias y pueden producir infartos de miocardio o accidentes cerebro vasculares”, explicó Barak. El apoyo sicológico, familiar y de amigos de estos pacientes es muy importante, ya que hay que tener en cuenta que el anciano perdió su vínculo más cercano o, a veces, el único que tenían. Para dar una explicación razonable a este tipo de muertes que llevan consigo un dolor de corazón, un equipo de investigadores británicos del University College de Londres y del Brighton & Sussex Medical School realizó un estudio. A partir de él encontró un vínculo directo entre daños en el corazón y el estrés provocado por el fallecimiento de un ser querido. Si el superviviente ha sufrido en el pasado una enfermedad cardiaca, las perturbaciones pueden resultar tan intensas que acaben con su vida. Atendiendo este factor, los científicos londinenses decidieron estudiar a diez pacientes con enfermedades cardiacas específicas. Una de las pruebas que realizaron fue medir los cambios eléctricos en su superficie craneal mientras realizaban tareas ligeramente estresantes, como contar en orden descendente de siete en siete. El equipo descubrió que las regiones del cerebro que rigen el aprendizaje, la memoria y las emociones también pueden desestabilizar el corazón de alguien que haya sufrido daños cardiacos. Cuando los pacientes sufren estrés, estas zonas desencadenan un círculo vicioso de actividad neuronal que puede provocar que el corazón lata de forma dañina. Como la muerte de un ser querido es una de las situaciones más estresantes a las que alguien se puede enfrentar, los investigadores creen haber descubierto una posible explicación del “síndrome del corazón roto”. Lo curioso es que los síntomas propios de un caso de “muerte por amor” es algo que se da más frecuentemente en hombres que en mujeres. El New England Journal of Medicine publicó que los hombres tienen hasta 21% de riesgo de “morir de amor”, frente a 17% en las mujeres, por la tristeza que les genera la enfermedad o muerte de su pareja. La investigación se realizó durante nueve años con datos de más de 518.240 parejas mayores de 65 años. La notable diferencia en la posibilidad de muerte entre ambos sexos podría deberse a que los hombres que quedan viudos son más vulnerables y tienen menores posibilidades de buscar ayuda entre sus familiares y amigos. La mujer, en cambio, tendría una mayor facilidad para armar un círculo de relaciones profundas que la apoyen en la superación de su duelo. Hasta el momento, se sabía
que la enfermedad de un cónyuge afectaba la salud del otro, pero
no se había logrado medir el riesgo de muerte, algo que entre gerontólogos
se conversa habitualmente.
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