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MAL DE AMORES.
El desamor no existe, el amor nunca
se acaba. El amor no tiene final.
En la mitología griega se
culpaba a Eros
del mal de amores, de modo que cuando no estaba de humor se entretenía
con estas cosas. Si no que se lo pregunten a Menelao con Helena.
Luego los romanos dieron en el clavo
e inventaron “amare”, que es una palabra que el latín recogió
del sánscrito y ahí está la trampa porque en sánscrito
“am” significa “estar enfermo”.
Así que Virgilio decía
que Medea estaba “enferma de amor”, “cruelmente herida”. Le siguió
el Emperador Tito, enfermo de amor por Berenice.
Y luego los juglares de la Provenza
que contagiaron con sus historias del mal de amores a los Minnesingers
alemanes, hasta que los celtas nos regalaron el poema de Tristán
e Isolda. Y de allí a Italia, con Dante
y Beatriz. O en Francia con el Roman de la Rose y en España
el Romancero.
Luego vinieron las leyendas moras
sobre aquellas jóvenes que se enamoraban de los cristianos. Hay
una cueva en un pueblecito manchego donde cada día de San Juan todos
acuden a una cueva al amanecer para ver los cabellos de Moraima. Resulta
que el padre al descubrir el amor de su hija pidió un encantamiento
a la bruja para curarla del mal de amores pero la bruja no encontró
nada efectivo, así que se la ocurrió hacerla invisible con
una pócima. Al descubrirlo el enamorado la forzó a hacer
algo, pero el encantamiento no tenía remedio y lo único que
consiguió es que cada día de San Juan el enamorado pudiese
verla peinarse su melena a la entrada de la cueva, sin más, sin
poder hablar con ello, solamente verla. Y a la entrada de la cueva se nos
ocurrió preguntar a uno del pueblo ¿y cómo era Moraima?
Y todo serio nos contestó “más hermosa que los amaneceres
de mayo”. Como son los pastores, lo que saben.
Luego el Quijote se conmovió
ante una cruz que habían levantado en recuerdo de otro joven pastor
que murió del mal de amores, como le pasó a un joven que
amaneció muerto en un parque de Madrid.
Todos han tenido que decir algo
del amor, desde la escuela froidiana, que lo ve a su manera, una combinación
de autoengaño, odio y amor, hasta Virgina Woolf que lo veía
como una irracionalidad que se salía del “círculo de tiza”
porque cuando triunfa la seducción viene la irracionalidad y los
hombres se salían del círculo de la racionalidad para caer
en el círculo femenino del amor.
Y luego Angeles Mastretta escribió
“Mal de Amores” y no enseñó que los amores no tienen más
explicación que ellos mismos. Y el otro mejicano, el poeta Jaime
Sabines decía lo mismo, que “el amor es el silencio más fino”.
Y todo esto no sirve de nada, como
lo es tratar de entender algo que solo se comprende cuando se vive. Por
eso tenía razón la bruja manchega cuando le dijo al padre
de Moraima que de poco sirven las pócimas porque hay enfermedades
que nunca se curan, a lo sumo quedan ocultas y es que el desamor no
existe, el amor nunca se acaba. El amor no tiene final.

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