UN JOVEN QUE PASABA POR LA CALLE.
Carta de un lector. “Somos los
que vivimos y no he vivido nada sin ti”.
Dando un paseo con mi mujer nos
cruzamos con un joven deportista. Era alto y con una magnífica presencia
y joven, sobre todo joven.
Me di cuenta que mi mujer le clavó
la mirada y contuvo la respiración. Durante un rato no pudo ni hablar.
Era la primera vez que mi mujer se fijaba en un hombre tan joven. Casi
podía ser su hijo. Siempre se había fijado en hombres mayores
y era fácil superarlo cuando decía que era muy interesante,
pero esta vez era tan joven, sobre todo joven.
Yo le doblo la edad, seguro. Veía
en él todo lo que a mí me falta, todo lo que he perdido,
si vamos a cenar no llego a la cama, si vamos a la cama no llego a la cena.
Le miró de tal forma que
estoy seguro de que con un sólo gesto se hubiese ido de su mano.
Pero no dije nada. No es elegante darse por enterado de esas cosas. Quizás
yo lo había hecho muchas veces y no me estaba mal que yo pasase
ahora por esto.
Al día siguiente, al volver
a casa, mi mujer me miró con cara de susto y me dijo ¿pero
qué te has hecho?. ¿Por qué te has teñido el
pelo?.
No me esperaba esta reacción
y contesté lo primero que me vino a la cabeza: porque tengo miedo
a perderte.
Me abrazó y me susurró
al oído: “como me vas a perder, tonto. Somos los que vivimos y no
he vivido nada sin ti”.
Luego, como es muy mujer, añadió:
“pero déjate el pelo así”.

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