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Muchas historias para decirte
que yo te quiero más.
> Un hombre sólo es realmente un hombre cuando lo da todo por una mujer.
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GOGOL. DEL GENIO AL FANATISMO. Un fanático le convenció de que todo lo que había escrito era pecado y se dejó morir quemando antes una obra genial. Nicolai Gogol (1809-1852) era cosaco. Nació en Soróchintsi, actualmente Ucrania. La figura de Gógol se puede comparar con la de otros grandes escritores rusos, como los novelistas Leon Tolstoi, Ivan Turgueniev y Fedor Dostoievski, y el poeta Alexandr Pushkin, que fue amigo íntimo durante toda su vida y el mejor crítico de su literatura. En San Petersburgo conoció a Aleksandr Pushkin, su descubridor. Más adelante, impartió clases de historia en la Universidad de San Petersburgo de 1834 a 1835. Escribió diversos relatos breves cuya acción transcurre en San Petersburgo, como La Avenida Nevski, el Diario de un Loco, El Capote y La Nariz. Este último sería adaptado como ópera por Dmitri Shostakóvich. Sin embargo, sería su comedia El Inspector, publicada en 1836, la que lo convertiría en un escritor conocido. El tono satírico de la obra, que comparte con otros de sus escritos, generó una cierta controversia, y Gógol emigró a Roma. UN HOMBRE SOLO. Era un hombre vanidoso que valoraba su posición en las letras rusas. Era un hombre solitario que en su corta vida nunca estuvo con una mujer. Contaba él mismo que estaba aterrorizado por el tedio y la tremenda mediocridad de su propio entorno. Llegó un momento en que experimentó un auténtico horror ante lo que él solo entendía como estupidez y vulgaridad de la mayor parte de las vidas humanas. Escribía a impulsos, normalmente transcribiendo sus oscuros pensamientos, meditaciones, quien sabe si pesadillas. Era un hombre muy serio, ordenado de mentalidad profundamente conservadora, que se sorprendía de los revolucionarios que creaba que en sus novelas. Cuando con veintisiete años estrenó “El inspector”, que es una crítica feroz a la burocracia zarista, la obra fue muy criticada por los conservadores y aplaudida por los revolucionarios. Esto le causó tal conmoción, porque era un fiel seguir de la iglesia ortodoxa rusa, que abandonó el país. Refugiado en Roma, Gógol siguió con “Almas muertas” que había iniciado antes de salir de Rusia. Se sorprendió mucho de que lo que para él era una comedia fuese considerado como un drama. Cuando deja leer el primer capítulo a su amigo Pushkin, tras reír con algunos pasajes, exclama: “¡Ay, Dios mío! ¡Qué triste es nuestra Rusia!”. Así que Gógol quedó más desconcertado. Según Marc Slonim, “estaba atormentado por complejos patológicos, enfermedades reales e imaginarias y una agonía mística”. Permaneció entregado agónicamente a la elaboración de aquel texto durante los años que van de 1836 a 1841. Finalmente volvió a Moscú para supervisar la edición del libro, que fue ampliamente censurado. Pese a lo cual, cuando se publicó en 1842, fue un éxito. LAS ALMAS MUERTAS. Gógol pasó casi cinco
años viviendo entre Italia y Alemania, período en el que
escribió “Almas Muertas”, cuya primera parte se publicó en
1842. Esta obra narra la historia de
En el trasfondo estaba el debate de la confrontación entre razón y fe. La dicotomía surge de un razonamiento irracional, con lo que satiriza a una sociedad profundamente religiosa que excluye la razón a favor de la fe. Es una obra que se asemeja al Quijote, pues nos hace huir de la simple existencia y buscar la verdad, una verdad que nunca se encuentra y que siempre estamos buscando. Una verdad que lleva a la locura, porque quizás la locura es el único estado puro de la libertad. Conmueve sus descripciones del campesinado ruso, hombres a los que les faltaba todo, todo menos las “verdad”. LA MORALIDAD Y EL FANATISMO. Gógol buscó refugio en la meditación religiosa. El mismo año 1842 volvió a Roma y se puso bajo la protección espiritual de ciertos místicos y sacerdotes católicos. Cinco años después, publicó sus “Pasajes selectos de mi correspondencia con los amigos”, conjunto de ensayos en los que defendía la autocracia zarista y la institución de la servidumbre, se pronunciaba a favor de la pena capital y de la Iglesia Ortodoxa, ensalzaba las virtudes de la obediencia y la conformidad, etc. Estaba exculpándose por sus obras revolucionarías, “El inspector” y “Almas muertas”. Su amigo Bielinski, se indignó tanto al leer esta correspondencia que escribió una carta que, aunque la censura no permitió imprimir, logró una enorme difusión clandestina. En sus últimos años de vida, Gógol hizo un gran esfuerzo por escribir una segunda parte de Almas muertas en clave “moralista”. Los engaños de Chichíkov eran descubiertos y se arrepentía de sus malas obras, siendo acogido con benevolencia bajo la protección de buenas almas. Pero su moralidad no se correspondía con su literatura. Según Slonim, “Mientras las escenas de redención resultaban forzadas y sin vida, volvía a sobresalir por completo cuando pintaba individuos caprichosos, glotones, badulaques y otros especímenes del zoológico humano”. En 1848, Gógol hizo una peregrinación a Jerusalén, impulsado por sus profundas creencias cristianas ortodoxas. Tras volver de Jerusalén, Gógol decidió abandonar la literatura para concentrarse en la religión, bajo la influencia del sacerdote ortodoxo Padre Konstantínovskii. Entonces, Gógol quemó lo que había escrito de la segunda parte de “Almas Muertas”, justo diez días antes de su muerte. Por fortuna, algunos fragmentos de esa segunda parte de Almas Muertas sobrevivieron a la quema y han sido publicados. El ayuno, la soledad y sus pesadillas minaron su salud. Falleció en Moscú a los cuarenta y tres años de agotamiento nervioso y con un gran deterioro físico. Quizás murió loco,
pero su obra “las Almas muertas” nos enseñó que la verdadera
locura es la realidad.
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