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LA DISLEXIA EN NUESTROS HIJOS.
Los disléxicos tienen dificultades
para aprender a leer y a escribir, pero no padecen retraso mental ni carencias
del entorno socioeducativo.
Bill Gates, el fundador de Microsoft
es disléxico, pero tuvo la suerte de nacer en un país que
detecta y cuida de manera precoz al 10% de personas que, de forma leve
o severa padecen este trastorno. También eran disléxicos
Winston Churchill, Pablo Picasso o Albert Einstein, del que sus profesores
decían que "era lento mentalmente, poco sociable y divagaba constantemente
en sus estúpidos sueños", según relató su hijo
Hans Albert Einstein en una entrevista.
Lamentablemente en España
los profesores no reciben formación específica para aprender
a guiarse frente a un alumno que no consigue plasmar en nuestro alfabeto
las ideas. Tampoco hay estudios fiables en España sobre el número
de personas que padecen este trastorno de aprendizaje. La Federación
Española de Disléxicos (FEDIS) basa sus cifras las de la
Unión Europea, que estima en 38 millones los ciudadanos del Viejo
Continente que sufren esta patología. Proyectando el cálculo,
entre un 10% y un 15% de los españoles padecería en algún
grado esta disfunción.
Las claves más visibles para
diagnosticar la dislexia son: retraso en el lenguaje, confusión
de las palabras que tienen una pronunciación similar, dificultades
expresivas, problemas para identificar las letras y los sonidos asociados,
historia familiar con problemas de lectoescritura, inconvenientes para
descodificar palabras aisladas, dificultades más importantes para
leer palabras raras, lectura lenta, con errores y muy laboriosa y dificultades
ortográficas y apuros a la hora de nombrar figuras.
En un reportaje publicado por el
País se entrevista a varios expertos que ofrecen las siguientes
perspectivas. María Pàrraga, directora de la fundación
que regenta el único colegio para disléxicos que hay en España,
El Brot de Barcelona, que hace una estimación distinta, calcula
que el 3% de los fracasados escolares son disléxicos. La necesidad
de recurrir a la cuenta de la vieja para hacer esta estimación es
una buena prueba de la invisibilidad de los disléxicos en las aulas.
"En todo caso son más de los que los colegios aciertan a reconocer"
afirma el presidente de FEDIS, Iñaki Muñoz en el mismo reportaje.
La logopeda Maribel Martín,
del estudio Eduvoz, explica en lenguaje técnico las claves de la
disfunción. La dislexia es "un trastorno neuronal en la lecto-escritura
que dificulta en distintos grados la capacidad para distinguir y memorizar
las letras o grupos de letras, el ritmo y orden de su colocación
para formar las palabras y produce una mala estructuración de las
frases, lo que afecta tanto a la lectura como a la escritura. Los disléxicos
tienen dificultades para aprender a leer y a escribir, pero no padecen
retraso mental ni carencias del entorno socioeducativo".
En el mundo de un disléxico,
esta perorata científica se siente de otra manera: en la cabeza
una mancha de color sangre y en la mano un lápiz inmóvil,
incapaz de asociar el carmín con las letras R-O-J-O. Sucedió
hace años, en la cabeza y en la mano de Alair, una niña que
quiso escribir la dirección de su amiga María Rojo y no pudo.
Fue sólo una anécdota más, un nuevo paso del torpe
baile de imágenes, números y letras en el que vive. Para
ella rojo (el color), rojo (el sonido) y rojo (la unión de letras
y sílabas que describen en castellano la mancha bermellón
que distingue en su cabeza), son conceptos separados. Le cuesta establecer
la relación entre lo que ve, lo que pronuncia y lo que escribe.
A veces no consigue asociarlos porque, aunque comprenda perfectamente el
concepto, es incapaz de descifrar el lenguaje escrito. El mundo está
codificado en un lenguaje que ella no puede entender.
Pàrraga dice que el mayor
lastre de esta disfunción es su naturaleza introspectiva y silenciosa.
"El disléxico no es un alumno espectacular. Tiene buen cociente
intelectual y muchos son capaces de buscar recursos para salir adelante".
Su discapacidad se esconde incluso a los ojos de quien la sufre porque
la percepción de las cosas siempre ha sido igual. Para ellos es
lo normal, el desorden de siempre. Ven las letras del revés, se
les apelotonan ante la vista como una tormenta alfabética. Se concentran,
pero no entienden. Se aburren, desconectan, se despistan, les regañan,
se concentran, no entienden, se despistan, les regañan, no entienden...
María Pàrraga, afirma
que los países anglosajones son un paraíso para las personas
que sufren esta disfunción y un ejemplo para el resto. "Allí
su tratamiento está normalizado hasta tal punto que los contenidos
de las clases no sólo se guardan en libros sino también en
soportes interactivos donde el conocimiento está explicado en clave
de imagen". Tanto en Reino Unido como en EE UU la dislexia es considerada
una discapacidad por lo que quienes la sufren tienen derecho a becas y
ayudas. En la Universidad de Oxford, por ejemplo, hay 20.000 estudiantes.
De ellos 1.020 son discapacitados, el 48% disléxicos. En cambio,
en la Universidad Autónoma de Madrid tan sólo 115 de sus
28.000 estudiantes están registrados como minusválidos. Ninguno
es disléxico porque en España no se contempla como discapacidad.

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