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CÓMO ENGANCHAR A UN CUARENTÓN QUE SE LAS SABE TODAS. Al final tienen razón las abuelas. Después de un divorcio interminable me quedé sola y con niños a la tierna edad de 42 años. Tras una depresión de caballo me atreví a lanzarme al ruedo. Ya ni mi acordaba lo que era ligar. Lo primero que descubrí es que lo hombres nos califican en dos categorías. Los pobres siempre andan simplificándolo todo, pero la verdad es que las mujeres podríamos estar catalogadas en millones de categorías, así que lo damos por bueno. Las dos categorías son: las que se acuestan a la media hora y las otras las que buscan un marido a cualquier precio. Después de un par de tonterías con unos jovencitos me di cuenta de que yo era de la segunda categoría, que tenía que enganchar a un cuarentón o cincuentón que me hiciese tilín. Después de tomar alguna copa con alguno, por fin conocí a uno que me hizo tilín. Al segundo día, bueno a lo mejor fue el primero, ya me dijo que por dónde se iba a mi cama. Como a mi me interesaba el individuo seguí la táctica de mi abuela y le contesté que por la vicaría. Bueno no tanto, pero que yo no me iba a la cama con cualquiera. Casi le tuve que haber contestado que para encamarme me buscaba uno más joven, no el que ya estaba algo usado. Se quedó tan sorprendido que no supo que contestar. Me parece increíble que con las enfermedades que hay la gente se vaya a la cama con cualquiera. En seguida me di cuenta de que me había calado, que yo era de las que buscan marido. Me contó el celebre “rollo cuarentón” de la independencia, el compromiso. En resumen que a estos cuarentones con buena cartera andan con jovencitas que se lo ponen fácil y cualquiera les echa el guante, así que nos despedimos y a correr. Al día siguiente ya me había hecho a la idea de que nunca le volvería a ver, pero sonó el teléfono y me pidió que le acompañase al zoo con sus hijos. Al final tienen razón
las abuelas.
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