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EL DESVÁN. 

TE QUIERO PERO HASTA DONDE TE QUIERO.

Relaciones desequilibradas

 
Amor. 
Gustav Klimt. Museum der Stadt Wien, Vienna 

El amor entre hombre y mujer no es altruista. No es divino. Inconscientemente buscamos un equilibrio. Damos y recibimos. En general tendría que haber un equilibrio. Antes, este equilibrio fue concertado por la moral y la religión. Hoy las parejas tienen que negociar, tienen que inventar sus propias reglas. Sexo por sexo. La hipoteca a medias. Amor por amor. 

Ante el más mínimo desequilibrio las relaciones se rompen, porque los individuos, con derecho, pueden exigir. Si tú no me das lo suficiente, me voy. 

Es lo que nos trajeron los tiempos modernos. Más libertad, podemos elegir con quién y con qué circunstancias nos relacionamos. Pero una cosa no se ha cambiado: El amor. Porque el amor no tiene precio, no conoce un intercambio que sea otra cosa que amor. El problema permanece y el dolor es el mismo cuando una parte ama más que la otra. 
 
En la mayoría de los casos, las dos partes se dan cuenta, más tarde o más temprano, del desequilibrio. Aunque el amor ciegue, el que ama se ve enfrentado a desengaños y falsas esperanzas. 

El otro en un principio tampoco quiere romper la relación ya que recibe mucho, no solamente amor, puede haber algún otro tipo de beneficio, como sexo, entretenimiento, razones laborales, escapa de la soledad etc. 

Toma la conciencia de que se trata de hay desequilibrio y quiere convertir la relación en otro tipo de intercambio. Hace regalos abundantes, presta apoyo laboral hasta una gratitud desmesurada, lanza señales de la búsqueda imposible de un intercambio más justo. 

Raras veces el que ama más va a romper la relación, ya que el amor siempre tiene esperanza. Muchos siguen hasta que el otro ya tenga a otra pareja o hasta que uno se vea en sus límites. 
 
Hay muy pocas personas que nunca han vivido en una relación desequilibrada, de una u otra forma. Al principio incluso no nos damos cuenta, ya que una relación tiene que desarrollarse y hay que negociar lo que cada uno contribuye. En el caso de que uno quiera más parece que no hay remedio. Porque no se puede ni prohibir ni exigir el amor. 

NO ME QUIERO COMPROMETER, NI QUIERO PROMETER NADA. 

Si el otro no promete nada, tampoco me siento obligado. Si el otro no se siente obligado para nada, puedo hacer lo que quiero. El otro es libre, puede hacer lo que quiere. Si el otro puede hacer lo que quiera, yo voy a hacer lo que a mi me dé la gana.  Y enseguida ya no existe una pareja que trabaje en su relación sino dos individuos que parecen, si no luchar uno contra el otro, por lo menos vivir una vida sola en pareja, en todo caso siempre al borde de la separación. Un paso más y ya se rompe todo. 
 
Hoy en día se encuentra a muy poca gente que pone los límites claros en una relación, que dice ya desde el principio quiere comprometerse para una vida entera y para más. Ya nadie se atreve. Tampoco se sabe cuánto tiempo esperar antes de comprometerse o de casarse. 

Probablemente los matrimonios antes también funcionaban mejor porque el grado del compromiso desde el principio era muy alto y por eso la confianza.  
 

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